Llueve sobre Buenos Aires, una lluvia mansa y persistente como un mal pensamiento. Una lluvia que se mezcla con lagrimas y lava heridas.
Llueve una garúa triste, lenta. Melancólica agua que cae.
Llueve una lluvia fría, gotas que parecen vergas que se meten por el escote de alguna mujer.
Llueven preciosos diamantes que ruedan por techos y azoteas.
Llueve una lluvia lánguida y pegajosa, típica de mi ciudad.
Detrás del vidrio de mi ventana veo y escucho caer la lluvia, mi pensamiento rueda hacia el, inevitablemente, con ese anhelo de tenerlo junto a mi, bajo las sabanas, al resguardo de esa humedad.
La lluvia y su ausencia aumentan mis deseos, ya no distingo la humedad de afuera, de la de mi cuerpo, de la de mi sexo.
Disfruto escuchando el rítmico sonido de las gotas contra el techo que se mezclan con mis gemidos, ya no se cual es cual, se enredan , se unen, se acompañan.
De pronto llueve con mas intensidad, se acelera mi ritmo cardíaco, ya no siento el frío. Miles de diminutas gotas perladas cubren mi piel.
Se desata una tormenta de primavera, el sonido del viento aúlla en mi ventana, los relámpagos arquean mi espalda y pasan a través de mi
Cierro los ojos, ya no pienso, solo me entrego, sonrío, ya nada importa. Un trueno sacude la ciudad, las vidas, mi vida y mi cuerpo y lentamente todo vuelve a ser como antes, la calma me invade y todo vuelve a empezar.
Afuera llueve , adentro también….